Quizá te tengo ya demasiado empolvado. Lo siento. No es que ya no me importes, es sólo que ya no vale la pena ni siquiera tener arrepentimientos o hubieras guardados en un saco que no uso hace tres años o poco más. Sin embargo hace algunas noches, recordé la última vez que nos vimos frente a frente.
Todo light. Ese fue el acuerdo. Luego de seis años de muchísimo drama adolescente y de desaguar mis ojos una y otra vez con Dawson's Creek o echarme la culpa de tu mudanza, llegó el momento de ser maduros y vernos. Y ya ves, hasta la decisión de madurez nos vino oportuna porque tú tenías meses con dni azul y la fecha del encuentro la fijamos para tres días después de mis dieciocho años. "No hay que malograrte la fiesta", me dijiste a través de msn. Entonces, todo light. Un cine, una película de comedia —suficiente drama con nosotros—, una canchita, luego un fast food de cena y a la casa. Queríamos hablar e hicimos el plan perfecto para no hacerlo.
Te recordaba de otra forma y claro, te recordaba casi perfecto. Es lo que tienen las ilusiones de pubertad, se estancan en su perfección de "Él es tan lindo, perfecto, detallista", ¿qué tan detallista se puede ser con doce años? Pero en fin, yo esperaba ver a ese cabeza de zanahoria perfecto, de risa chillona, gracioso y regordete, de metro cincuenta y pico. Perfecto. Mi memoria había olvidado algunas de tus pecas, los hoyuelos de tus mejillas, esa palidez casi enfermiza que te hacía tener ojeras grisáceas y te aumentaban tres años más. Y así entonces, te vi. Luego de seis años, sin contarle a nadie, guardándote en mi como el más preciado de mis secretos, sobretodo esa cita.
Pensé que seríamos protagonistas de algún vídeo musical, que al encontrarnos me besarías, harías que el mundo se detuviera dos segundos, y me dirías: "Te amo, eres el amor de mi vida, siempre lo supe, casémonos". Creo que estamos de acuerdo en que ni tú eres Adam Sandler, ni yo soy Drew, así que nada de eso pasó.
Las piernas me temblaban poco más que gelatina mal cuajada, pero me mantuve firme en la fila de entradas, y luego en la de la confitería y una vez más, en la fila para entrar a ver, por fin, la película. Y como dije anteriormente, la idea era sentarnos, hablar y aclarar las cosas, al menos por la infantil amistad que un día nos unión, sin embargo habíamos ideado el plan perfecto para casi obviarnos y llenarnos de silencios un poco incómodos que pronto serían interrumpidos por la cita per se.
Te descubrí como el hombre que debías ser, decidido, inteligente, locuaz, entretenido, divertido, seguro de sí mismo, en busca de una profesión que te permitiera divertirte y pasarla rico. Algo light. Y me descubrí ante ti, como una niña que había perdido esa antigua facilidad para ser feliz, casi quería pedirte perdón por haber cambiado tanto.
Fue una buena cita. La primera —a conciencia claro—, y la última. No hubo beso, ni agarre, ni tomada de manos, hubo un respiro. Eso fue lo que hubo entre los dos, la exhalación final de una historia que se nos complicó con todo lo que podía complicársenos a esa edad. Mi ilusión no era el chico que tenía al frente, era el niño de doce con chaqueta azul, y si en algún momento yo también fui una ilusión, seguro que distaba mucho de esa casi mujer con escote y maquillaje negro que intentaba ocultar el brillo de las lágrimas en sus ojos. A veces hemos hablado después de eso, llegando siempre a la misma conclusión de haber tomado la mejor decisión esa tarde de cine. No hubiéramos sido una buena relación en ningún sentido, seguíamos "enamorados" de los niños de segundo de secundaria, y si nadie supo de nosotros fue porque nosotros así quisimos, quedarnos guardaditos como cuando se juega en las piscinas a "quien aguanta más la respiración". Yo creo que seis años es buen tiempo.
Un vez me dijiste que a pesar de todo, yo sí había sido tu primer amor. Y yo, rata como sólo yo a veces puedo ser, respondí: "Pasa que aún no te has enamorado". Claro que lo decía de la experiencia, pero sigo pensando que no tengo derecho a decir que sentía él o no por mí, que significaba en su vida, en sus memorias, en su despertar. Porque para mí, aunque fue sólo una ilusión, sólo un hermoso recuerdo de mi último año en Pueblo Libre, es uno de los hombres sin los que hoy no podría amar como amo. Ahora te ríes en fotos con otra —por fin—, y sé que aunque no hemos hablado en casi seis meses, ya entendiste a lo que me refería. No es menos chico tu lugar en mi historia por no ser mi primer amor, mi primer beso o mi primer hombre, al contrario...sin ti, quizá ni siquiera hubiera caminado todo este tramo.
Las ilusiones duelen más porque las hacemos perfectas.
Siempre dije eso, por eso tantas lágrimas, tanto papel, tanto desvelo. Porque eras perfecto. Por eso el drama. Esa historia se merecía ese título de "ilusión", lo tuvo todo siempre; menos quizá, a sus protagonistas.
23 de abril de 2013
13 de abril de 2013
No sé con qué fuerzas logré juntar los pasos que me habían conducido hasta aquel lugar, tenía el puño levantado, dispuesta a tocar la puerta del apartamento de Paulo. Sentí como mi respiración se agitaba, como mis latidos inundaban de sonidos mis oídos, como no me decidía a tocar la maldita puerta.
- ¿Gaby? —oí desde mi lugar.
- ¡Paulo! —dije casi en un grito de auxilio.
Abrió la puerta y, casi adivinando el desmayo que estaba por apoderarse de mí, me tomó entre sus brazos para hacerme ingresar al único lugar en la Tierra al que podía llamar "hogar". Me depositó con la suavidad con la que se sostiene una pluma sobre el negro edredón de su cama, se acostó de lado a mi lado reposando su mejilla en su mano.
Intenté grabar sus rasgos en mi mente, intenté tatuarlos en mi corazón, intenté escribirlos en mi alma pero el ruido de mis latidos no me dejaba concentrar. Su mirada era de la un doctor preocupado por un paciente rebelde que no está dispuesta a tomar sus medicinas.
- ¿Qué te ha pasado? —preguntó finalmente— Me ha llamado Susana para que esté pendiente de si venías para acá.
Le sonreí, seguramente mis ojos hinchados me delatarían, había pasado el peor día de mi vida. Acusada de infamias, atacada por todos aquellos que según mi criterio debían creer en mi ciegamente, tan profundamente herida, que el solo recordarlo me volvía a escocer los ojos. ¿Cómo se me vería sonriendo con ojos rojos?
El sonido de mis latidos había disminuido lo suficiente para escuchar su respiración, y aquello era mejor que una serenata de aniversario, sin pensarlo me acurruqué hacia él para rogarle en secreto que acaricie mis cabellos y me dé un beso en la frente. Que sea mi medicina.
¡Lo hizo! ¡Claro que lo hizo! Nadie en este mundo puede descifrar mi lenguaje corporal mejor que él, paseó sus dedos desde el lugar en mi frente donde segundos atrás posó sus labios hasta el borde de mis labios. Cerré mis ojos para oír el camino de sus dedos sobre mi piel, casi tenían el mismo ritmo que su respiración cuando me tenía cerca.
- Nada —susurré.
Bajó sus dos dedos viajeros hacia mi cuello haciendo que arqueara mi rostro hacia el suyo y finalmente me viera pérdida en el parque de pecados que eran sus labios. No sé quejó de mi desviación de tema, no gimió que me detuviera e intentara hablar con él, no me apartó de él. Quizá sea en parte porque jamás ha podido resistirse a mí, por alguna razón que no comprendo, le nubló el juicio en cuanto me vuelvo dueña de sus labios.
Y entonces, cumplí mi objetivo. Le hice el amor como nunca se lo había hecho, porque esta noche no se puede decir que hicimos el amor, no se puede decir que ambos deseábamos culminar con cada caricia cada frase incompleta que intentábamos decir. Esta vez fui yo quien deliberadamente fundí cada espacio de mi piel en la suya, la que guié su mano sobre cada centímetro de mi cuerpo, la que paseé mis pensamientos en cada milímetro de la suya. Hoy, hoy y quizá por primera vez, hoy, fui yo quien le hice el amor a Paulo.
Quedé tendida sobre su cuerpo desnudo, haciéndole círculos sobre su hombro brillante por la transpiración. Él besaba mi cabello que seguramente caía rebelde sobre el otro hombro mientras acariciaba mi espalda con su tibia mano.
- ¿Por qué no has querido hablarme en toda la noche?
"Porque nunca he sabido despedirme de ti".
- Porque no tengo nada que decirte —le mentí mientras detenía un círculo sobre su piel—, aunque quizá debí decir que te amo, pero creo que eso ya lo he demostrado.
Sé que sonrió, siempre sonríe divertido cuando encuentro maneras de esquivar su interrogatorio, dice que si mis ideas fueran capacidad de correr sería campeona mundial de atletismo. Me baja de si para colocarme entre sus brazos, amoldándome a su cuerpo al lateral, encerrándome con una mano sobre la cintura, apoyó su rostro entre mi cuello y el inicio de mi espalda.
Entonces miré la mesita de noche que tenía al alcance de mi mano, sabía perfectamente lo que encontraría al abrir el cajón y era lo que buscaba. Mi boleto de ida. El comienzo de mi despedida. Él pronto se dormiría conmigo en sus brazos y despertaría sólo con mi cuerpo.
- ¿Gaby? —oí desde mi lugar.
- ¡Paulo! —dije casi en un grito de auxilio.
Abrió la puerta y, casi adivinando el desmayo que estaba por apoderarse de mí, me tomó entre sus brazos para hacerme ingresar al único lugar en la Tierra al que podía llamar "hogar". Me depositó con la suavidad con la que se sostiene una pluma sobre el negro edredón de su cama, se acostó de lado a mi lado reposando su mejilla en su mano.
Intenté grabar sus rasgos en mi mente, intenté tatuarlos en mi corazón, intenté escribirlos en mi alma pero el ruido de mis latidos no me dejaba concentrar. Su mirada era de la un doctor preocupado por un paciente rebelde que no está dispuesta a tomar sus medicinas.
- ¿Qué te ha pasado? —preguntó finalmente— Me ha llamado Susana para que esté pendiente de si venías para acá.
Le sonreí, seguramente mis ojos hinchados me delatarían, había pasado el peor día de mi vida. Acusada de infamias, atacada por todos aquellos que según mi criterio debían creer en mi ciegamente, tan profundamente herida, que el solo recordarlo me volvía a escocer los ojos. ¿Cómo se me vería sonriendo con ojos rojos?
El sonido de mis latidos había disminuido lo suficiente para escuchar su respiración, y aquello era mejor que una serenata de aniversario, sin pensarlo me acurruqué hacia él para rogarle en secreto que acaricie mis cabellos y me dé un beso en la frente. Que sea mi medicina.
¡Lo hizo! ¡Claro que lo hizo! Nadie en este mundo puede descifrar mi lenguaje corporal mejor que él, paseó sus dedos desde el lugar en mi frente donde segundos atrás posó sus labios hasta el borde de mis labios. Cerré mis ojos para oír el camino de sus dedos sobre mi piel, casi tenían el mismo ritmo que su respiración cuando me tenía cerca.
- Nada —susurré.
Bajó sus dos dedos viajeros hacia mi cuello haciendo que arqueara mi rostro hacia el suyo y finalmente me viera pérdida en el parque de pecados que eran sus labios. No sé quejó de mi desviación de tema, no gimió que me detuviera e intentara hablar con él, no me apartó de él. Quizá sea en parte porque jamás ha podido resistirse a mí, por alguna razón que no comprendo, le nubló el juicio en cuanto me vuelvo dueña de sus labios.
Y entonces, cumplí mi objetivo. Le hice el amor como nunca se lo había hecho, porque esta noche no se puede decir que hicimos el amor, no se puede decir que ambos deseábamos culminar con cada caricia cada frase incompleta que intentábamos decir. Esta vez fui yo quien deliberadamente fundí cada espacio de mi piel en la suya, la que guié su mano sobre cada centímetro de mi cuerpo, la que paseé mis pensamientos en cada milímetro de la suya. Hoy, hoy y quizá por primera vez, hoy, fui yo quien le hice el amor a Paulo.
Quedé tendida sobre su cuerpo desnudo, haciéndole círculos sobre su hombro brillante por la transpiración. Él besaba mi cabello que seguramente caía rebelde sobre el otro hombro mientras acariciaba mi espalda con su tibia mano.
- ¿Por qué no has querido hablarme en toda la noche?
"Porque nunca he sabido despedirme de ti".
- Porque no tengo nada que decirte —le mentí mientras detenía un círculo sobre su piel—, aunque quizá debí decir que te amo, pero creo que eso ya lo he demostrado.
Sé que sonrió, siempre sonríe divertido cuando encuentro maneras de esquivar su interrogatorio, dice que si mis ideas fueran capacidad de correr sería campeona mundial de atletismo. Me baja de si para colocarme entre sus brazos, amoldándome a su cuerpo al lateral, encerrándome con una mano sobre la cintura, apoyó su rostro entre mi cuello y el inicio de mi espalda.
Entonces miré la mesita de noche que tenía al alcance de mi mano, sabía perfectamente lo que encontraría al abrir el cajón y era lo que buscaba. Mi boleto de ida. El comienzo de mi despedida. Él pronto se dormiría conmigo en sus brazos y despertaría sólo con mi cuerpo.
2 de octubre de 2009
Límite
Yo no quiero sonar más desquiciada de lo que seguramente ya sueno, pero he descubierto en mí conductas que se repiten y que me gustan. Me encuentro sobre la delgada línea que separa lo correcto de lo incorrecto, avanzo un pie, me balanceo, sonrío y regreso.
Claro, que no lo hago sola y ya me salió el miedo lógico de toda chica que en el fondo es buena, ¿les estoy haciendo daño? Creo o quiero creer que no, porque no lo hacen conmigo a ciegas, saben en que vórtice extraño de locura los estoy metiendo, no los he engañado para que tengan esta danza extraña conmigo, lo hacen a sabiendas. Y bajo advertencia no hay engaño, ni opción a reclamo.
Pero, ¿soy yo así? Siempre me he congratulado de ser yo sola siempre, para todo lo malo de mi vida. Lo que me sucedió y lo que me provoqué, siempre estuve sola. Pero estoy acompañada y aunque es divertido las veintitrés horas del día con 59 minutos, ahora que me detengo para respirar me lo cuestiono todo.
Claro que sé que la vida no esta dividida entre personas buenas y malas, que eso también tiene su escala de grises, y como siempre dije yo soy un demonio angelical o un ángel travieso, escoja su mejor opción. Pero, ¿me estaré inclinando más hacia mi lado demoníaco permitiendo que otras personas esten en el límite conmigo?
Ahora, dejando el remordimiento atrás he de decir que en estos días me siento más libre que nunca, por fin después de mucho esperar puedo decir que "estoy bien", aunque no esté haciendo precisamente lo correcto. ¡No importa! Total jamás dije que quería ser santa.
Claro, que no lo hago sola y ya me salió el miedo lógico de toda chica que en el fondo es buena, ¿les estoy haciendo daño? Creo o quiero creer que no, porque no lo hacen conmigo a ciegas, saben en que vórtice extraño de locura los estoy metiendo, no los he engañado para que tengan esta danza extraña conmigo, lo hacen a sabiendas. Y bajo advertencia no hay engaño, ni opción a reclamo.
Pero, ¿soy yo así? Siempre me he congratulado de ser yo sola siempre, para todo lo malo de mi vida. Lo que me sucedió y lo que me provoqué, siempre estuve sola. Pero estoy acompañada y aunque es divertido las veintitrés horas del día con 59 minutos, ahora que me detengo para respirar me lo cuestiono todo.
Claro que sé que la vida no esta dividida entre personas buenas y malas, que eso también tiene su escala de grises, y como siempre dije yo soy un demonio angelical o un ángel travieso, escoja su mejor opción. Pero, ¿me estaré inclinando más hacia mi lado demoníaco permitiendo que otras personas esten en el límite conmigo?
Ahora, dejando el remordimiento atrás he de decir que en estos días me siento más libre que nunca, por fin después de mucho esperar puedo decir que "estoy bien", aunque no esté haciendo precisamente lo correcto. ¡No importa! Total jamás dije que quería ser santa.
5 de septiembre de 2009
Lágrima
Cada que miro atrás sé que no debí hacer ninguna de las cosas que hice ese día, no importa las cosas maravillosas que han resultado de todas las acciones. Me había extralimitado de impulsiva, quería demostrarme que podía ser espontánea y decidí hablarle a un desconocido sentado en una banca en un parque cuaqluiera. Quizá fue que estaba lejos de casa. Demasiado lejos.
Conversar con él se me hizo tan fácil, ninguno de los dos sonrío realmente pero prometimos con solemnidad volvernos a ver al día siguiente. Repetimos esa promesa día con día hasta convertirlos en semanas y meses. Hasta hoy.
Nuestras palabras evolucionaron de la educación a la pasión y de la cortesía al irrefrenable deseo. Sin darnos cuenta nuestras conversaciones asiduas se habían vuelto amor, convirtiendo en cielo todo lo que habitaba a mi alrededor y despertando poco a poco al mounstruo que habitaba, que habita en mí. Era extraño todo, siempre se me había informado que el amor nacía a las caricias y crecía con los besos, se afianzaba con el tacto en los abrazos y ahí estaba yo, enamorándome de sus palabras, perdiéndome siempre en una mirada que no era para mí.
¿Cómo es que me había permitido enamorarme de alguien como Carlos? Estaba demasiado vivo para mí, era además, mucho más dulce de lo que una chica como yo merecía. Quererlo es mirar muy alto y rezar para que él se fije en un punto muy bajo.
- Estás rara hoy Ceci, ¿qué te pasa? —torpemente él intentaba descubrir lo que estaba por hacer.
- Nada, es el frío —contesté aún mas torpe.
Durante meses fuimos cómplices descuidados, sentados en una imparcial banca de parque, incapaces de sacar nuestro romance más allá de los arbustos. Dijo siempre las cosas perfectas para retrasar —sin saberlo— este momento, supo siempre como entregarme las nubes más esponjosas de nuestro cielo creado.
Si pudiera hacerle caso a mis deseos y esperanzas tomaría su rostro entre mis manos y lo besaría por primer vez. Saborearía sus labios como lo que son en mi enferma mente, mi droga no probada. Dejaría mis dedos en libertad para recorrer sus facciones con lentitud tatuándolo en mi memoria.
Le haría el amor sólo besándolo.
- Casi no has dicho nada amor —me dice preocupado mientras mis ojos están clavados en sus labios— ¿estás molesta conmigo?
¿Cómo puede ser tan egoísta de pretender un final feliz con el hombre que tenía alfrente? ¿Cómo pude ser tan inocente de creerme capaz de vencer mi ogro interior?
- No me digas amor.
¡Aléjate de mí! ¡Corre lo más rápido que puedas y olvida la forma de volver a este parque!
Como lo supuse, no entendió mi repentino cambio, ha enfurecido en silencio y ha separado su camino del mío. No tengo porqué quejarme, he sido yo quien lo orilló a todo esto, aunque lo ame. Aunque ver su espalda en este momento alejarse de mí me llene los ojos de lágrimas.
-------------------
¿Cuántas lágrimas tiene un ser humano? Para mí, amar siempre significó lágrimas, amor a Carlo significa sonreír. O al menos lo significaba, ahora he vuelto a las lágrimas.
He vuelto a aquella banca en el parque todos los días con la esperanza de encontrarlo vestido de armadura plateada, dispuesto a matar mi mounstruo interior. No ha vuelto.
De cierta forma me alegra descubrirlo inteligente y precavido, no dejando que yo destruya todo lo hermoso que puede ser. Amará otra vez. Amará otra vez y me olvidará.
O no.
Yo amé antes de amarlo a él. Y no olvidé. Aquel amor creó mi mounstruo y sus recuerdos lo alimentan. Pasé de llorar el daño que me hizo a llorar la impotencia que me dejó. Lágrimas, lágrimas, odio las lágrimas.
- ¿No has pensando en decirle que lo quieres?
Pobre Rosa, cree siempre que soy más valiente de lo que le digo. No puedo decir algo que ya sabes, y no puedo sentenciarlo a ceder su amor a la loca que he resultado ser.
-----------------
- Si me quedo muy callada, aún escucho tu voz —le confesó antes de acobardarse.
- No sé adónde quieres llegar con eso.
- Y si cierro los ojos muy fuerte puedo dibujar tu rostro. Cuando te extraño mucho me acurruco contra las almohadas y aunque estén frías imagino que son tus brazos.
- Basta.
- Tengo miedo de amarte como te amo y es estúpido porque tener miedo no impide que lo haga. Te amo. Tenerte lejos ha sido lo más sano y enfermizo que hice en toda mi vida y no doy más —le grito que más parece jadeo—, ¡no doy más! Sé que seguiré respirando cuando te vayas hoy pero estoy segura que no querré hacerlo.
- ¡Cállate!
Parecía un milagro de nuestro cuelo el que él haya decidido volver una mañana cualquiera a nuestra banca. Yo estaba rogando porque vistiera armadura para mí, aunque no tuviera derecho a pedirlo.
- Te amo —repetí casi en un jadeo.
Y por primera vez en todos esos meses, no respondió que él también lo hacía. Yo necesitaba que un grito rompiera los tímpanos de mi ogro interno e hiciera explotar sus sesos hasta la muerta. Pero sólo hubo silencio.
Super que no me quedaba mucho tiempo de vida, o de algo que se pudiera llamar así. Supe que todos los recuerdos maravillosos con él no tendrían en mismo efecto, que acabarían torturándome y que, irremediablemente, el tatuaje de su rostro en mi memoria no sería suficiente para sacarme una sonrisa.
Y una lágrima cayó por mi mejilla.
Mi cuerpo reaccionó antes que él pudiera verla y lo besé. ¡Qué tonta! Volverme adicta a algo que jamás podré tener. ¡Qué tonta!
Aterrada por lo que había hecho me detuve y me separé. Salí corriendo del lugar a sabiendas de lo débil que resultaban ahora los latidos de mi lastimado corazón.
- Te amo —susurró él.
No era suficiente. Su silencio anteriror había engrandecio mi fobia tragándose a ambos. Un susurro era incapaz de salvarnos. Yo había huido él me había dejado huir.
Lágrimas.
--------------
Aquel parque tan lejano a mi casa me tortura, me recuerda todas las mañanas que lo he perdido, me hace odiar sus flores y los hojas, me hace salir corriendo cuando apenas han pasado dos segundos de haber llegado. Pero me llama insistente en sueños para que vuelva. ¡Maldito parque!
Malditas esperanzas. Yo aún lo espero, yo siempre lo esperaré.
La distancia me ha vuelto valiente, pero la soledad amenaza con volverme de piedra. Lo único humano que queda de mí son mis lágrimas. Las he comenzado a querer como lo quise a él, quizá aún más, no permiten que lo olviden.
Me susurran mientras bajan por mis mejillas que no estaba loca, que él si me quería. Me dan oxígeno, me dicen que un día volverá.
Sé que no es cierto, sé que sólo puedo amarlo en el recuerdo ahora pero es bonito quererlo así.
A veces le escribo cartas, pero no sé donde está y no las puedo enviar. A veces le digo que lo amo, pero sé que está lejos y no me oye.
A veces me vuelvo loca al dormir entre tantas lágrimas, le oigo decir que falta poco, que ya va a venir.
¿lo extraño?
La última lágrima siempre me responde que pronto dejaré de hacerlo, pero no le creo.
Conversar con él se me hizo tan fácil, ninguno de los dos sonrío realmente pero prometimos con solemnidad volvernos a ver al día siguiente. Repetimos esa promesa día con día hasta convertirlos en semanas y meses. Hasta hoy.
Nuestras palabras evolucionaron de la educación a la pasión y de la cortesía al irrefrenable deseo. Sin darnos cuenta nuestras conversaciones asiduas se habían vuelto amor, convirtiendo en cielo todo lo que habitaba a mi alrededor y despertando poco a poco al mounstruo que habitaba, que habita en mí. Era extraño todo, siempre se me había informado que el amor nacía a las caricias y crecía con los besos, se afianzaba con el tacto en los abrazos y ahí estaba yo, enamorándome de sus palabras, perdiéndome siempre en una mirada que no era para mí.
¿Cómo es que me había permitido enamorarme de alguien como Carlos? Estaba demasiado vivo para mí, era además, mucho más dulce de lo que una chica como yo merecía. Quererlo es mirar muy alto y rezar para que él se fije en un punto muy bajo.
- Estás rara hoy Ceci, ¿qué te pasa? —torpemente él intentaba descubrir lo que estaba por hacer.
- Nada, es el frío —contesté aún mas torpe.
Durante meses fuimos cómplices descuidados, sentados en una imparcial banca de parque, incapaces de sacar nuestro romance más allá de los arbustos. Dijo siempre las cosas perfectas para retrasar —sin saberlo— este momento, supo siempre como entregarme las nubes más esponjosas de nuestro cielo creado.
Si pudiera hacerle caso a mis deseos y esperanzas tomaría su rostro entre mis manos y lo besaría por primer vez. Saborearía sus labios como lo que son en mi enferma mente, mi droga no probada. Dejaría mis dedos en libertad para recorrer sus facciones con lentitud tatuándolo en mi memoria.
Le haría el amor sólo besándolo.
- Casi no has dicho nada amor —me dice preocupado mientras mis ojos están clavados en sus labios— ¿estás molesta conmigo?
¿Cómo puede ser tan egoísta de pretender un final feliz con el hombre que tenía alfrente? ¿Cómo pude ser tan inocente de creerme capaz de vencer mi ogro interior?
- No me digas amor.
¡Aléjate de mí! ¡Corre lo más rápido que puedas y olvida la forma de volver a este parque!
Como lo supuse, no entendió mi repentino cambio, ha enfurecido en silencio y ha separado su camino del mío. No tengo porqué quejarme, he sido yo quien lo orilló a todo esto, aunque lo ame. Aunque ver su espalda en este momento alejarse de mí me llene los ojos de lágrimas.
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¿Cuántas lágrimas tiene un ser humano? Para mí, amar siempre significó lágrimas, amor a Carlo significa sonreír. O al menos lo significaba, ahora he vuelto a las lágrimas.
He vuelto a aquella banca en el parque todos los días con la esperanza de encontrarlo vestido de armadura plateada, dispuesto a matar mi mounstruo interior. No ha vuelto.
De cierta forma me alegra descubrirlo inteligente y precavido, no dejando que yo destruya todo lo hermoso que puede ser. Amará otra vez. Amará otra vez y me olvidará.
O no.
Yo amé antes de amarlo a él. Y no olvidé. Aquel amor creó mi mounstruo y sus recuerdos lo alimentan. Pasé de llorar el daño que me hizo a llorar la impotencia que me dejó. Lágrimas, lágrimas, odio las lágrimas.
- ¿No has pensando en decirle que lo quieres?
Pobre Rosa, cree siempre que soy más valiente de lo que le digo. No puedo decir algo que ya sabes, y no puedo sentenciarlo a ceder su amor a la loca que he resultado ser.
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- Si me quedo muy callada, aún escucho tu voz —le confesó antes de acobardarse.
- No sé adónde quieres llegar con eso.
- Y si cierro los ojos muy fuerte puedo dibujar tu rostro. Cuando te extraño mucho me acurruco contra las almohadas y aunque estén frías imagino que son tus brazos.
- Basta.
- Tengo miedo de amarte como te amo y es estúpido porque tener miedo no impide que lo haga. Te amo. Tenerte lejos ha sido lo más sano y enfermizo que hice en toda mi vida y no doy más —le grito que más parece jadeo—, ¡no doy más! Sé que seguiré respirando cuando te vayas hoy pero estoy segura que no querré hacerlo.
- ¡Cállate!
Parecía un milagro de nuestro cuelo el que él haya decidido volver una mañana cualquiera a nuestra banca. Yo estaba rogando porque vistiera armadura para mí, aunque no tuviera derecho a pedirlo.
- Te amo —repetí casi en un jadeo.
Y por primera vez en todos esos meses, no respondió que él también lo hacía. Yo necesitaba que un grito rompiera los tímpanos de mi ogro interno e hiciera explotar sus sesos hasta la muerta. Pero sólo hubo silencio.
Super que no me quedaba mucho tiempo de vida, o de algo que se pudiera llamar así. Supe que todos los recuerdos maravillosos con él no tendrían en mismo efecto, que acabarían torturándome y que, irremediablemente, el tatuaje de su rostro en mi memoria no sería suficiente para sacarme una sonrisa.
Y una lágrima cayó por mi mejilla.
Mi cuerpo reaccionó antes que él pudiera verla y lo besé. ¡Qué tonta! Volverme adicta a algo que jamás podré tener. ¡Qué tonta!
Aterrada por lo que había hecho me detuve y me separé. Salí corriendo del lugar a sabiendas de lo débil que resultaban ahora los latidos de mi lastimado corazón.
- Te amo —susurró él.
No era suficiente. Su silencio anteriror había engrandecio mi fobia tragándose a ambos. Un susurro era incapaz de salvarnos. Yo había huido él me había dejado huir.
Lágrimas.
--------------
Aquel parque tan lejano a mi casa me tortura, me recuerda todas las mañanas que lo he perdido, me hace odiar sus flores y los hojas, me hace salir corriendo cuando apenas han pasado dos segundos de haber llegado. Pero me llama insistente en sueños para que vuelva. ¡Maldito parque!
Malditas esperanzas. Yo aún lo espero, yo siempre lo esperaré.
La distancia me ha vuelto valiente, pero la soledad amenaza con volverme de piedra. Lo único humano que queda de mí son mis lágrimas. Las he comenzado a querer como lo quise a él, quizá aún más, no permiten que lo olviden.
Me susurran mientras bajan por mis mejillas que no estaba loca, que él si me quería. Me dan oxígeno, me dicen que un día volverá.
Sé que no es cierto, sé que sólo puedo amarlo en el recuerdo ahora pero es bonito quererlo así.
A veces le escribo cartas, pero no sé donde está y no las puedo enviar. A veces le digo que lo amo, pero sé que está lejos y no me oye.
A veces me vuelvo loca al dormir entre tantas lágrimas, le oigo decir que falta poco, que ya va a venir.
¿lo extraño?
La última lágrima siempre me responde que pronto dejaré de hacerlo, pero no le creo.
4 de septiembre de 2009
Orgullosa
Hace unos días me sentí realmente orgullosa de mí. Y eso sucede, pocas veces. Quizá demasiadas pocas veces. Pero esta vez además de raro fue especial, sucede que soy la peor para expresarme, a pesar de escribir como desquiciada y todo eso. No soy buena para decir lo que quiero decir sin ser malinterpretada y luego de mucho patalear lo dije.
Esa fue la frase que hizo mi día. Cada vez que hablo de mí lo hago de formas variadas, digo que soy buena chica, que soy divertida, que soy hipersensible, que soy fría, que soy sarcástica, que soy voluble, que soy apasionada, que soy maniática. Lo que jamás digo es que no me gusto siempre. Lo que digo siempre es que yo en lugar de personalidad tengo un milshake de emociones, cualidades y defectos.
A quién le guste, bacán; y a quién no ...pues con la pena. Pero a la persona a la que menos le he gustado en el mundo ha sido a mi misma. Y eso esta mal ¬¬'
No digo que tenga que amarme, pero aceptarme sería un buen primer paso.
Entonces conocí a este chico por internet, como casi todas las amistades que he conseguido en los últimos tres años. Y básicamente la conversación fue así:
"Soy yo y con eso encierro mil cosas que no me gustan pero que aguanto"
Esa fue la frase que hizo mi día. Cada vez que hablo de mí lo hago de formas variadas, digo que soy buena chica, que soy divertida, que soy hipersensible, que soy fría, que soy sarcástica, que soy voluble, que soy apasionada, que soy maniática. Lo que jamás digo es que no me gusto siempre. Lo que digo siempre es que yo en lugar de personalidad tengo un milshake de emociones, cualidades y defectos.
A quién le guste, bacán; y a quién no ...pues con la pena. Pero a la persona a la que menos le he gustado en el mundo ha sido a mi misma. Y eso esta mal ¬¬'
No digo que tenga que amarme, pero aceptarme sería un buen primer paso.
Entonces conocí a este chico por internet, como casi todas las amistades que he conseguido en los últimos tres años. Y básicamente la conversación fue así:
Hombre: Y, ¿cómo eres?
Yo: ¿físicamente o emocionalmente?
H: mmm ¿físicamente?
Y: Horrible, tengo tres ojos y dos bocas. No te gustaría.
H: jajaja como hablas así de ti, que mala.
Y: es la verdad.
H: bueno, ¿y cómo es tu personalidad?
Y: Un desastre, soy temperamental, desordenada, molestosa, sarcástica y últimamente hasta antisocial.
H: que baja autoestima tienes.
Y: No, no dije que tuviera baja autoestima.
H: pero hablas muy mal de ti.
Y: Puede ser, pero soy honesta y lo reconozco, no me vendo de algo que no soy.
H: ya pero es raro que primero digas tus defectos.
Y: ¡Ves! Ahí está el problema, yo no dije que fueran defectos. No salí de una fábrica, son debilidades de mi personalidad, pero no son defectos.
H: no te entiendo.
Y: Soy yo y con eso encierro mil cosas que no me gustan pero que aguanto.
H: si no te gustan ¿por qué no las cambias?
Y: Porque dejaría de ser yo.
H: pero te hacen una mala persona.
Y: Yo no soy una mala persona. Soy humana.
H: Deberías cambiarlas, te sentirías mejor contigo misma.
Y: Si las cambiara, dejaría de ser yo y me volvería una más del montón. Me gusta ser única.
H: Eres rara.
Y: No eres el primero que lo dice.
Y luego conversamos cinco minutos más, tuvo que irse. No se ha vuelto a conectar, pero como sea, me dio el momento orgulloso del mes. Soy rara y tengo cosas que nadie entiende, ni siquiera yo. Cosas que me enfadan de mi y que me encantaría quitármelas como quien se extirpa un riñón pero, estoy tan acostumbrada a ciertos detalles de mí que no sé si podría vivir sin ellos.
Hace mucho no me aceptaba. Se siente bien. Debería intentarlo más a menudo.
Hace mucho no me aceptaba. Se siente bien. Debería intentarlo más a menudo.
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